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La flojera de Baldomero, de la escritora Leticia Flores Delfín

Cuando apagó la luz sintió un frio raro en la punta de los dedos pero no hizo mucho caso porque tenía sueño y se acostó. No podía dormir. La claridad que entraba por la ventana le molestaba. Por el reflejo de la luz de la calle cerró los ojos y cuando los abrió vio algo increíble: los objetos de su cuarto se habían trasformado en rocas. Baldomero se puso de pié de inmediato, solo para darse cuenta de que se encontraba en una cueva.
Baldo, como le llamaban sus amigos, era un niño valiente, solo le tenía miedo a los dentistas. Así que estar en la cueva no significó un reto para él, al contrario, estaba emocionado porque se imaginó viviendo una película de aventuras. El largo pasillo de rocas concluía en un punto de luz, así que caminó hacia lo que pensó,  era la salida de la cueva.
Al llegar descubrió que en realidad se trataba de una guarida. Era el centro de operaciones de un grupo de ratones, entre ellos el famoso Destroyer, quien buscaba en una pequeña computadora los nombres y domicilios de las personas que no cuidaban su dentadura.
Unos ratoncitos vestidos de agentes secretos, con sombreritos, lentes oscuros y  pequeños picos, recibían sobres con los datos de las personas que no se aseaban los dientes de forma correcta. Había muchas pantallas con fotos para evitar confusiones e identificar a quienes los ratones irían a picar sus dientes.
Baldomero vio su imagen en una de las pantallas. No pudo contener un grito de terror. Los ratoncitos voltearon hacia donde él estaba y  supo que lo habían descubierto. Empezó a correr sobre sus pasos, aterrado.
Escuchaba el sonido como de un abejorro, no sabía muy bien qué era, parecía reconocerlo pero estaba ocupado buscando una salida y no podía concentrarse en él. Los ratones estaban cada vez más cerca, balanceando sus pequeños picos mientras corrían.
Ese chirrido metálico lo molestaba cada vez más. Pudo por fin ver el fondo de la cueva, pero no había salida. Estaba a punto de chocar contra el muro cuando recordó: el origen de ese molesto y vibrante sonido era el despertador. De súbito vio todo negro. Después un velo de luz. Poco a poco abrió los ojos. Estaba en su cuarto.

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Con la respiración agitada Baldo recordó su cita con el dentista. Su papá le había dicho un día antes que lo llevaría para que le curara los dientes picados. Volvió a sentir miedo, siempre se le ponía la piel chinita al escuchar el sonido de los aparatos y esa sensación extraña dentro de su boca. Pensó en el piquete de la anestesia y que después de la consulta, no podría hablar bien. No quería ir al dentista ni tampoco que los ratones le picaran sus dientes.
Apagó el despertador y se levantó  De inmediato corrió al baño para cepillarse los dientes.  Se prometió que a partir de ahora nadie le recordaría que al levantarse, después de desayunar, comer y antes de dormir, se lavaría perfectamente sus dientes, encías y también la lengua, hasta que quedaran sú-per-lim-pios.