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Las Lágrimas de Messi, escribe Luciano Núñez

Damos la bienvenida a la columna de Luciano Núñez:

“Los Puntos Cardinales” 

“Las mejores lecciones de vida las he aprendido en una cancha”. Es una frase que suelen repetir muchos líderes de todos los ámbitos. Ciertamente, en ese “campo de batalla” – quien ha practicado un deporte- sabe que ahí no sólo se desarrolla una habilidad: patear, encestar, batear, etc., que son capacidades individuales; en un juego colectivo, como lo es también la vida, se conjugan otros valores que se amalgaman a un ser humano cuando están guiados por una mano que sabe sacar lo mejor de cada quien. Así, la solidaridad, el respeto al adversario, la dignidad, la disciplina, el saber reconocer la victoria, el compañerismo, pasan a formar parte fundamental de un deporte, y también, de nuestra vida cotidiana. Como todas las cosas, también están las zonas oscuras: las conductas antideportivas, la violencia, las prácticas desleales que, tarde o temprano, se dan de cara con la realidad.

Todo esto surgió a raíz de lo que pasó al término -del que se ha convertido- en el clásico sudamericano: Chile y Argentina. Por segunda vez consecutiva el país donde nació y murió Pablo Neruda, se impuso al que tuvo a Borges como ícono de la literatura pampera. Messi iba por cuarta vez buscando levantar la negada copa con la “albiceleste”. Pese a su lucha solitaria, urgida e imperiosa, no pudo hacer el milagro que todos esperan. Justamente, los milagros suelen aparecer cuando y donde nadie los espera. Esta dura derrota supuso un quiebre en el corazón del mejor jugador del mundo, que adolece de la maldición: “casa de herrero cuchillo de palo”.

Ganó todo menos lo que su familia anhela: la copa para su país de origen. Las lágrimas de Messi, su conmovedora desolación, inspiraron sin embargo algo mejor que una pírrica victoria. Cientos de niños que salieron en las redes sociales a decirle que no baje los brazos. Que no importa un penal fallido, que la vida sigue y es de hombres llorar y aprender a perder.

Una maestra de una pintoresca provincia Argentina, Entre Ríos,  se ha convertido en un faro de sabiduría en este momento. Como decía, el milagro suele venir del lugar menos sospechado, y qué bueno que sea una maestra. En su misiva escribe: “Quiero que me ayudes en la difícil misión de formar las conductas de esos chicos que te ven como un héroe futbolero y como un ejemplo a seguir”. Y le pide: “Por favor no renuncies, no les hagas creer que en este país solo importa ganar y ser primero…Los más nobles héroes son los que brindan lo mejor de sí mismos para el bienestar de otros”.

Me quedo con ese “no sólo importa ganar y ser primero”. Vivimos tiempos en los que la sociedad de consumo impone máximas peligrosas: tener para ser, comprar para existir. Este subcampeonato deja más que un segundo lugar, deja un espacio para la reflexión. Porque al final de cuentas un país –y cada uno de nosotros- termina de aprender más de sus fracasos que de sus victorias. Argentina ha aprendido más de estas lágrimas de Messi, que de los viejos trofeos, algunos perseguidos por las sombras de la trampa y el escenario triunfal de crímenes de estado. Seguramente, Messi volverá de desafiar a sus molinos de viento para honrar el llanto de esos niños que ven también en él a un buen padre y un muchacho humilde que sólo quiere jugar.

luciano nuñez Los puntos cardinales